De mayor quiero ser fundraiser

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De mayor quiero ser fundraiser

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Si de repente irrumpiéramos en un aula de cualquier colegio español y preguntáramos a sus alumnos qué quieren ser de mayores, me apuesto el pellejo a que ninguno respondería fundraiser (que ni saben lo que es) o captador de fondos (que seguramente tampoco). Las contestaciones habituales serían futbolista, profesor, médico, cantante, policía o concursante de Gran Hermano. Pero con seguridad ningún niño o niña mencionaría la captación de fondos como futura vocación profesional.

Es más, probablemente ni uno solo de los que en la actualidad desempeñamos este noble oficio llegamos a albergar en nuestra infancia la ilusión de ejercerlo en el futuro. Yo, como casi todos, llegué aquí de rebote y, más de una década después, todavía me cuesta explicar a algunas personas lo que hago. Mi madre aún me interpela extrañada: “O sea, que a ti siempre te toca pedir dinero, ¿no?”

Y, sin embargo, cada día me siento más afortunado de ser fundraiser. La única pega que tiene nuestra profesión es su fastidioso nombre, que no facilita las cosas. Porque, seamos sinceros: si en España dices que eres fundraiser creerán que perteneces a una peligrosa secta germánica y si afirmas que captas fondos en realidad estás cometiendo una enorme simplificación.

Los funfundraiserdraisers somos mucho más que captadores de fondos. La grandeza de esto que hacemos, de este bello oficio nuestro, es que si lo desempeñamos bien tenemos la suerte de hacer feliz a la gente por ayudar a los demás. Y encima a la mayoría nos pagan por ello. ¿Cabe mayor fortuna?

Sí, es cierto, pasamos buena parte del día pidiendo. Casi siempre dinero. Pero sólo una mentalidad incorrecta o una débil imagen de uno mismo nos pueden llevar a sentir vergüenza, malestar o angustia ante el hecho de solicitar la colaboración de alguien para salvar vidas, proteger nuestro planeta o lograr avances científicos.

Al contribuir a buenas causas o dedicar tiempo a los demás logramos dar sentido a nuestra vida. A veces llega a ser la única manera que tenemos de hacerlo. De hecho, todo ser humano es feliz ayudando a sus semejantes. Lo hemos oído muchas veces: hay más alegría en dar que en recibir. Hace poco afirmé que la gente dona porque lo necesita. Pero también porque casi siempre se lo piden. Y nosotros, los fundraisers, somos parte esencial de ese proceso.

Sobrecoge imaginar cuántas vidas se habrán salvado porque, gracias a los fundraisers, millones de personas han descubierto la alegría de ayudar a los demás. Tengámoslo muy presente y sintámonos siempre orgullosos de un trabajo que, en mi caso, pretendo desempeñar con ilusión hasta que no me queden fuerzas.

Yo lo tengo claro: de mayor quiero ser fundraiser.


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